Relatos publicados en 2014

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Esta es una recopilación de mis relatos publicados en el año 2014:




LAS AVENTURAS AMOROSAS DE UN BUFÓN


Antología

Mi relato Las aventuras amorosas de un bufón forma parte de la antología 152 Rosas Blancas, publicada por Divalentis Editorial.


Se puede leer a continuación:

Las aventuras amorosas de un bufón - M.A. Álvarez


¡Este humilde bufón va a contaros una curiosa historia que os dejará boquiabiertos!

Estaba yo hace unos años sirviendo a otro rey en otra comarca y una doncella de la reina acudió a mí en busca de ayuda. “¡Curioso!” Pensé cuando reparé en que mi aspecto, del que tanto huían las damas, hizo perfilar mi ingenio y este último me permitía acercarme a ellas. Tengo la altura de cualquiera de vosotros, no gozo de ágiles movimientos, se encorva levemente mi espalda y la mala fortuna hizo que al caminar no pueda levantar uno de los pies del suelo. ¡Observad que es cierto lo que os cuento mientras recorro de un lado a otro la sala! No obstante, lo que no os mostraré es mi rostro. ¡Pues os aseguro que está mejor tras esta máscara y que más de una dama gritaría y huiría despavorida si lo viera! Y apuesto a que también algún que otro caballero, que prefiero no señalar…

Aunque creo que hablaba yo de otros menesteres… ¡Ah sí! ¡La doncella! Ella me pidió que alegrara a su reina con un discurso apropiado para ella y así lo hice. No obstante, mayor fue mi sorpresa cuando descubrí que más afligida estaba la criada que su señora y que cada noche, la joven acudía a la fuente del patio buscando soledad y allí, llorando, desahogaba su pena. Como buen bufón, yo no podía permitir que tal pesadumbre invadiera a la muchacha, y en una ocasión me aproximé e intenté hacerla reír. Sin embargo, no pude arrancarle ni una leve sonrisa. ¡Pero jamás desistí! Acudía junto a ella cada noche, dedicando todo mi empeño a aliviar sus ánimos.

Debo reconocer que en un principio hacía caso omiso a mis esfuerzos pero con el tiempo llegué a notar que incluso me esperaba. Comenzaba a sentir que algo nacía en mi interior… Una calidez en el corazón... Deseaba verla cada noche y os aseguro que sus palabras eran cada vez más dulces.

Pero había otro pequeño detalle… No era ella la única dama a la que agradaba mi grotesca presencia, pues la reina comenzó a hacerme llamar muy a menudo y empecé a sospechar… ¡Así que intentad imaginar mi situación! Al atardecer me dirigía a un salón privado con la reina y por la noche a la fuente. Del salón a la fuente, de la fuente al salón... Las dos damas riendo con mis elocuencias, acarameladas con mis palabras, ¡que comenzaban a cortejarlas! Hasta que un día… ¡La misma reina me pidió que la besara! ¿Y qué iba a hacer yo? Tenía que cumplir sus órdenes, ¿verdad? ¿Cómo iba a decirle que no? Estaba confuso… y no sabía si amaba más a la reina o a la doncella.

Su mirada se volvía insistente… Le pedí entonces que cerrara los ojos, me aparté la máscara para besarla y justo en ese instante, ¡la doncella entró en la estancia y nos sorprendió!

Le rogué que no sacara conclusiones precipitadas. Sin embargo, para mi sorpresa, no se asombró ante lo que estaba aconteciendo. Se acercó a nosotros y nos pidió unirse a nuestras muestras de amor y también nos besamos… Y del salón nos dirigimos los tres a la alcoba… Volvimos a besarnos… acudimos al lecho y ya adivinaréis lo que terminó por ocurrir…

Y ahora… os pido que reflexionéis y os hago la siguiente pregunta: ¿Os habéis creído toda esta historia?
...
...
...
¡Pues yo tampoco!


En mi blog hay información sobre cómo adquirir un ejemplar de la antología.



UN PUÑADO DE RELATOS


Antología

Antología

Mi relato Un puñado de relatos ha sido publicado en la antología Livia, (Editorial: El Fantasma de los Sueños) y en el Número 4 de la revista Valinor, (Editorial Valinor)


Así aparece en la revista:

Un puñado de relatos - M.A. Álvarez Rodríguez


La dama del bosque.

Así comenzaron a llamarla. Sin embargo, cuando el reino se vio sacudido por una terrible epidemia, la acusaron de ser una bruja y la persiguieron. Ella buscaba un escondite en lo más profundo de la espesura, pero en su camino encontró a un caballero a cuyos pies yacía otro, herido.


El anticuario.

A finales del siglo XIX, un distinguido caballero visita la tienda de un anticuario, quien le habla sobre un reloj de arena de siglos de antigüedad al que le rodea una extraña leyenda.

—¿Qué tipo de extraña leyenda? —muestra interés el burgués.

—Una leyenda de oscuros matices. Se dice que este reloj ha sido portador de desgracias y de todo tipo de penalidades. Sus dueños han corrido la peor de las suertes.

—¿Sus dueños? —pregunta riendo—. ¿Y acaso a usted le ha pasado algo?

—Pues… en realidad, no. Los dos ríen.

—Lo quiero para mi colección. Así tendré algo interesante que contar a mis invitados. Les hablaré de esa absurda leyenda.


El juglar.

—¡Ya sé! Dejad que os cuente la leyenda de El caballero de arena —proponía el juglar a un aburrido público que comenzaba a alejarse tras escuchar algunos cuentos a los que no prestaron atención.

No muy convencidos le dieron otra oportunidad.

—Seguro que muchos habéis oído hablar de esta historia. ¡Precisamente hoy hace un siglo que ocurrió!

Los gestos de los allí presentes no mostraban credulidad, pero debía adornar un poco el relato para llamar la atención del exigente público. Aunque sí era cierto que sucedió hacía ya mucho tiempo.

—¡Escuchad atentamente! Esta historia llegó a mis oídos en una taberna sombría… —relataba con aires de misterio— de boca de un viejo y cansado mercader que me pidió que me apiadase de su garganta y le invitara a un trago de vino. Como imaginaréis, mi respuesta no fue complaciente para él, pero me prometió un buen cuento como pago y tras asegurarme una y otra vez que sería de mi interés, accedí a convidarle a la bebida.

Los ojos de los espectadores comenzaron a mostrar cierto interés.

—Tras refrescar nuestros gaznates, el mercader sacó un objeto envuelto en una tela y lo descubrió. Me mostró un lúgubre reloj de arena y me dijo que se trataba de un artilugio muy especial… Lo giró y la rojiza arena comenzó a caer hacia el otro hueco. Me aseguró que aquel tono carmesí pertenecía a la sangre de un caballero al que arrebataron su honor.


La dama del bosque.

Que no le despojasen de su honor era lo que pedía el caballero herido, exigiendo a su rival que le diera muerte tras haber sido derrotado.

La dama permaneció escondida, presenciando lo que ocurría.

—No —le dijo el caballero que permanecía en pie—. A partir de hoy, os condeno a vivir en las más absolutas de las vergüenzas.

—¡Hacedlo! ¡Acabad con mi vida! —insistía el vencido.

—Regresad a vuestro reino y contadle a vuestro rey que ha sido mi espada la que os ha derrotado —respondió y le dio la espalda a su rival, arrojando junto a él su puñal de la piedad.

Los ojos del caballero herido se inundaron de odio. A duras penas se levantó, mientras observaba cómo su contrincante se marchaba. Un impulso le hizo tomar el puñal. Se dirigió hacia su rival y cuando le alcanzó, la ira movió su mano contra él. Introdujo el filo por uno de los huecos de su armadura con el fin de darle muerte. El otro caballero cayó desplomado.

—¡Nunca habéis tenido honor! —le reprochó. —Ahora soy yo el vencedor… Lo conseguí… —lo celebró.


El anticuario.

El anticuario es uno de esos invitados que acude a visitar la magnífica colección que ha conseguido el señor que le compró el reloj. Tras una agradable reunión con el resto de los allí presentes, se disponen a compartir una suculenta cena que ofrece su cliente.


El juglar.

—Después de ofrecerle al mercader un gesto de sorpresa, no pude evitar quedarme mirando fijamente el contenido del reloj. ¿Acaso estaba diciendo la verdad? Volvió a esconderlo y me contó que el objeto estaba embrujado y que su interior alojaba el alma de un caballero que buscaba venganza. Le dije que no quería seguir oyendo una historia como esa y, cuando estuve a punto de levantarme, me agarró del brazo e insistió para que me quedase a escuchar el final.


El anticuario.

Unos días después de la reunión, el anticuario se halla leyendo el periódico. Sus ojos se abren de sorpresa cuando encuentra la noticia de que su cliente ha fallecido en extrañas circunstancias.


El juglar.

—¡Se trata del alma de un caballero al que arrebataron su honor dándole muerte por la espalda! —exclamaba el juglar a sus oyentes, imitando la voz del mercader—. Pero una bruja había visto lo sucedido y tras reconocer al más ruin de los caballeros como uno de los que difundió el rumor de su hechicería, se acercó al atacado cuando el otro se marchó y justo antes de que muriera, lo arrastró hacia la espesura del bosque.


La joven.

Algo o alguien la perseguía por el bosque. Bajó del coche tras haber colisionado contra un árbol. No había cobertura, estaba sola. Solo podía huir, no podía avisar a nadie. Miró hacia atrás. Una extraña figura la perseguía. Corría desesperadamente, buscando ayuda.


La dama del bosque.

Llevó al caballero hasta un lugar inaccesible y le ofreció su ayuda si era su decisión tomar venganza.

—Sí… quisiera seguir vivo para vengar esta ofensa… —confesaba el moribundo caballero.

—Conozco un conjuro para que vuestra alma permanezca en este mundo.


-El juglar.

—Y entonces el mercader me aseguró que la bruja encerró el alma del caballero en ese mismo reloj de arena que me mostraba, un artilugio poco común que llamaría la atención de muchos, pronunciando un conjuro que uniría la sangre del héroe con los granos de arena. Un día, el reloj llegó a manos del hombre que le dio muerte, cuando era ya un anciano, y este fue encontrado, poco después, ahogado en la pantanosa fosa del castillo. Le dije al mercader que se trataba de una historia espeluznante, pero me aseguró que todavía quedaba más por contar. Esperé con cierta intriga y temor a que siguiera hablando y entonces me desveló un horrible secreto.


El hermano de la joven.

Llegó a casa después del trabajo. Saludó a su esposa, quien estaba preparando la cena; y a su hijo, ensimismado delante del ordenador. Se fue a la cama temprano, pero una inesperada visita interrumpió su sueño. Un agente de policía le dio la triste noticia de que habían encontrado a su hermana en el bosque. Alguien había acabado con su vida. No sabían explicar la manera, pero había sucedido. El fatal suceso le hizo palidecer y sintió una enorme sacudida en el pecho. Cuando el agente se marchó, recordó algo con lo que su hermana estaba obsesionada, unas palabras que no cesaba de repetir: “no descansaré hasta que destruya el maldito reloj”.


El juglar.

—Me dijo que la sed de venganza de la bruja era todavía mayor que la del caballero y cuando este consumó su venganza, su alma no quedó libre, permaneció atrapada en el reloj, pues el hechizo que la bruja había dictado le había condenado a acabar con la vida de todo el que llevara la sangre de su rival, por los siglos de los siglos. Desde entonces, el reloj viaja en busca de sus víctimas, sabiendo quiénes son en cuanto lo tocan. Le di otro trago al vaso de vino. Después volvió a mostrarme el reloj. Le dio la vuelta. Los granos comenzaron a deslizarse de una cavidad a otra y entonces estas palabras salieron de su boca: “¿Queréis tocarlo? ¿Queréis saber si vos lleváis la sangre del caballero sin honor?”. A lo que le respondí: “Os aseguro que nunca me he alegrado más de no pertenecer a la nobleza”. El mercader rió y finalmente me levanté de la silla con intención de marcharme, pero escuché unas últimas palabras de sus labios antes de abandonar la taberna: “Tened cuidado, bien es sabido que, aunque lo oculten, los nobles esconden bastardos.”


El hermano de la joven.

No podía dar crédito cuando fue conocedor de todo lo que había descubierto su hermana: una maldición asolaba a su familia desde hacía generaciones. Muchos de sus antepasados se habían visto envueltos en un cruel destino, todos aquellos que habían poseído el extraño reloj. Pero él lo sabía. Todavía podía protegerse a sí mismo y a su familia. Encontró el reloj, lo arrojó y lo hizo añicos, con sumo cuidado, sin tocarlo. Los granos carmesíes se esparcieron por el suelo y después lo quemó todo. Lo redujo todo a cenizas.


El juglar.

—Sus palabras me produjeron un intenso escalofrío, ¿acaso insinuaba que toda esa historia estaba relacionada conmigo? Desde entonces apenas puedo pegar ojo. Y esta es la historia de la que os… hablaba…

El público no parecía complacido y arrojaron solo unas pocas monedas.


El hermano de la joven.

Volvió a casa para asegurarse de que su familia se encontraba bien. Todo había terminado. Estaban a salvo. Aquella historia inverosímil había tocado fin. El reloj ya no existía.


El juglar.

Tras unos segundos de ensimismamiento hizo una reverencia y cuando fue un momento prudente, recogió las monedas.


El hermano de la joven.

Pasaron unos meses. Definitivamente, la amenaza había desaparecido. Se dirigió hacia su despacho y encendió el ordenador. Tenía mucho trabajo por hacer.


El juglar.

Después de la despedida, abandonó la aldea. Tras haber recordado la historia, comenzó a sentir una incómoda inquietud. ¿Y si no era una coincidencia? Recorría el camino de tierra al atardecer, el camino que unía esa villa con la próxima.


El hermano de la joven.

Mientras se abría el programa y cargaba, notó que la pantalla estaba algo sucia, así que la limpió un poco con su mano. Demasiado tiempo sin pasar por el despacho tras lo sucedido. El programa tardaba en arrancar más que nunca. Miraba a todas partes, esperando a que se abriese.


El juglar.

Antes de llegar a la otra aldea, encontró un cuerpo en el camino. Parecía el de un campesino que portaba un zurrón. Miró a todas partes, no había nadie más. No respiraba… Concluyó que ya no necesitaría sus pertenencias. Con cuidado le quitó el zurrón y comprobó su interior.


El hermano de la joven.

Volvió a mirar hacia la pantalla. El programa continuaba sin abrirse tras un exagerado tiempo de carga. El icono de espera del reloj de arena daba vueltas y vueltas.


El juglar.

Del zurrón sacó aquel reloj. Aterrado lo soltó y miró tanto al reloj como a su víctima. Sintió un estremecedor viento frío a sus espaldas. Sobrecogido, se giró y distinguió la borrosa figura de un caballero.


El hermano de la joven.

El icono del reloj llamó su atención. Acercó sus ojos a la pantalla. Los granos de ese reloj se habían tornado rojizos. Daba vueltas y vueltas. Lo había tocado. Había tocado la pantalla momentos antes. Aterrado, levantó su temblorosa mano del ratón. No tuvo tiempo de abandonar el escritorio, aquel icono fue lo último que vio.



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